Y los sabios de ciencia nos afirman, desde la realidad, que nuestro destino como “vida” es desaparecer; que, desde el comienzo, es una desaparición, una extinción. 

Cabe preguntarse –bajo ese mismo prisma- qué sentido tiene el impulso de vivir, si su destino es morir, extinguirse, desaparecer... Ni siquiera brindan la posibilidad de transformarse, convertirse, desarrollarse en otro plano, en otra... dimensión. Sería avanzar mucho. No está la ciencia para tanto.

Echa raíces en lo tangible, en lo que puede controlar y dominar. Fuera de ello, no hay “algo”. Hay Nada. Y esta Nada le viene muy grande. 

A lo largo de historias –historias, sí, depende de quién la cuente- se aprecia una consciencia que cambia, y que apoya ahora a lo amarillo, otras veces a lo blanco, otras veces aplaude a lo derecho, otras veces aplaude a lo izquierdo… Es maleable, manejable, manipulable. 

Quizás... quizás porque está en evolución, porque está transitando en diferentes ritmos, momentos y pausas, como lo haría un recién llegado nacido, que por días lo vemos cambiar. 

Aquí, por generaciones vemos cambiar, pero tardan, si lo comparamos con lo individual. 

Mensajes ha habido, hay y habrá, de diferentes dimensiones; desde ese que se expresaba al principio –que nuestro destino era la extinción- hasta los que nos llevan a las profundidades del averno o a las excelsas veleidades de los cielos, donde nos aguardan manjares y... 

También los hay intermedios, que compaginan el dolor y la esperanza...; claro está, también los que nos convierten en nubes, en alacranes, en plantas... o volver otra vez como nosotros, mejorados. Hay de todo en el mercado de la vida.

Y todo, individualmente, parece verdadero y fantástico. Y todo tiene, individualmente, sus adeptos y sus convencidos. Pero el Universo, los universos, quedan demasiado lejos. 

Se aferran los ciclos de consciencia a inclinaciones que generan potencia, prepotencia y poder... para controlar, dominar y someter. 

Pero lejos están visionarias percepciones a propósito de nuestra presencia en el Universo, sobre la que hace hincapié nuestra Llamada Orante con insistente continuidad. 

Lo cotidiano se siente más seguro con nombres y apellidos de filosofías, religiones, espiritualidades… Pero, cuando de Misterio Creador se trata, sin nombres ni apellidos, sin... –¡ay!- sin nacimiento, sin currículum de donde tirar, sino que aparece como muestra...

Y, como “muestras”, se expresa en lo universal. 

Y el Universo no tiene nombre ni apellido. Y el Misterio Creador, como expresión cercana, menos aún. Así que nuestras “llamadas orantes” no tienen por finalidad crear adicción, adeptos o seguidores; son mensajes inspirados en cada momento. No dependen de una pauta ni de una escritura o papiro antiguo, revelado.

Y claro, sin currículum, sin facturas, sin reglas, sin normas, sin repeticiones, siempre diferentes, no arraigan en la consciencia cotidiana, que busca retener, tener, poseer, dominar, controlar, asegurar…

La oferta libertaria, liberadora, no tiene especial atracción, puesto que no cuesta, no cotiza. No cuesta ni cotiza, ni se puede comprar ni vender. No tiene carnet... ni leyes. 

No pide. Nos llama... para los que quieran escuchar.

Y en este transcurrir de especie, el ser, en su parca evolución, se auto escucha y, obviamente, escucha a lo poderoso, a lo famoso, a lo que manda. O bien se erige en protagonista –cada uno y cada cual en su posición-, siempre buscando aliados para hacerse ganador.

La Llamada Orante nos alerta de esa consciencia derrotista... que aprovecha el desmayo para el control; que asegura, con “la ciencia” –la nueva religión-, que nuestro afán es morir y que nuestro impulso vital está destinado a ello.

No es eso lo que nos muestran las estrellas. 

Sus parpadeos eternos se ocultan en un torbellino y desaparecen, pero... ni nacen ni se mueren. Se transfiguran. Y ya dejamos de ver lo que veíamos, o vemos lo que fue. Porque la Creación es un vértigo insondable, “sin destino”. Sólo tiene destino lo que termina. Salvo que “el tino” del destino lo veamos con la precisión infinita. 

¡La precisión infinita...?

Sí. Es tan precisa, que es casi imposible de percibir. “Casi”.

Pero el Misterio Creador se muestra de tal manera... que deja muescas para que sigamos la huella. 

Muescas de sorpresa, muescas de esquivas aventuras, muescas de posibles. 

Sí. Se nos muestra esquivo y... desaparece y aparece. 

Y generaciones han escrito sobre ello y han establecido normas, leyes…; incluso niveles de estancias. Sí; igual que se cartografió los pedazos de tierra que quedaron emergentes, se cartografió la vida eterna. 

Y así, el ser podría avanzar y llegar, cuando su impulso vital, inevitablemente, le llevaba al cadalso de la muerte.

No somos destino. No somos principio ni fin. Somos peregrinos a los que nos llevan hacia la consciencia sin fin. Y con esa perspectiva, si la incorporamos a nuestro ser, a nuestro estar, a nuestro convivir... la configuración de lo que ocurra, la transfiguración de lo que suceda nos va a permitir visionar de otra manera. 

Un estar sin la dependencia organizada: esa que impone y obliga; y, más bien, estar ante el descubrir la demanda de lo que se precisa, y así darse a una entrega apasionada: a esa que no reclama privilegios; esa que, como una flor, se expone a la frágil sutileza de la belleza y al perfume de sus ilusiones.

Bajo esta perspectiva transfigurada –“bajo esta perspectiva transfigurada”- no aparecen obstáculos precisos, puesto que son fijos. Y lo transfigurado se hace trascendente y presente a la vez; se va y se queda, simultáneamente. 

Con lo cual, no hay miedo. Hay equilibrio, hay precaución, hay cuidado. 

Hay ilusión de creativas posiciones; de esas que nos llevan –valga el ejemplo- a otras dimensiones. Sí. Lejos de lo conocido. Saltarse ese precepto de que “más vale lo malo conocido que lo bueno por conocer”. Al igual que “más vale pájaro en mano que ciento volando”

¡Que vuelen! No quiero ningún pájaro en la mano. Que, si lo malo conocido está, aspiro a lo bueno por conocer, ¡sin saber! Porque se me presenta, porque se me ofrece, porque... choca con lo establecido, con lo habitual.

Y como decía el dicho: “El hábito no hace al monje”. Y amparados en lo habitual, el ser deambula en contradicciones, en desdichas y… alegrías, las menos.

Se habla y se dice con patrones establecidos, con reacciones conocidas, con respuestas establecidas. Y, ciertamente, contemplar esa trayectoria genera tristeza y apatía... ya que se reclama, desde las estrellas, una ansiosa liberación que nos transfigure en la presencia y la acción.

Cierto es que no hay que precipitarse. 

Cierto es que hay que saber guardar... la intimidad de la esperanza. 

Y, con el sosiego de la calma, saber que es certero el amanecer... de igual forma que es ese “ama”, ese amor que nace cada instante de luz. Pero nace porque ya estaba. No empieza. Transcurre. 

Atrás debe quedar la vulgaridad establecida; aquella que penaliza, que castiga, que impone. Esa que se hace ley y que transcurre a través del tiempo.

Si buscamos ser legítimos y auténticos, tenemos que mirar a las estrellas. Puede resultar muy poético, y en consecuencia inútil. 

¿Inútil...? ¿Inútil?

Pero el suspiro estaba, con su aliento, antes que las palabras.

Pero el suspiro estaba, con su aliento, “antes” que las palabras. 

Si asumimos la consciencia del transcurso, sin principio ni fin; si nos disponemos a transfigurarnos, como ya lo hace el transitar... con el contaje del tiempo; si se está dispuesto a ser lo que el Misterio Creador gestó... desde una Nada inentendible, con disposición a que los aconteceres de consciencia nos lleven, ciertamente entraremos en otras perspectivas; sin desconocer las que dominan, sin desconocer las que controlan y las que aparentemente animan.

Y así se gestan otras posibilidades. Esas que son infinitas, esas que no se agotan, esas que siempre son remedio.

Se aguarda nuestra presencia humilde, nuestra actitud ignorante, nuestra curiosa inocencia..., para que nuestra consciencia alcance una transfigurada presencia que nos lleve hacia las eternidades, sin ambición, con el impulso que traen las oscuras noches de invierno... 

Esas que sólo custodian una Eterna Primavera.

***

ORACIÓN

La prière que nous réalisons est une prière qui n’est circonscrite à aucune religion. Nous croyons que la prière peut être un instrument Libérateur et Guérissant. La prière a comme référence la Création, les différentes Forces qui nous animent sans leur donner un nom. La croyance que la Prière est un élément indispensable pour nous, elle nous a amené à créer un espace qui lui est exclusivement dédié : « La Maison du Son de la Lumière », c’est un lieu situé dans le Pays Basque, à Vizcaya, dans un hameau. Là bas se réalisent des journées de retraite. « La Maison du Son de la Lumière » ARGI DOINU ETXEA se trouve dans la localité de Ea, Vizcaya (Pays Basque Espagnol). C’est un espace ouvert aux élèves de l’Ecole Neijing, lesquels peuvent demeurer sur place de 1 à 5 jours.

LA CASA DEL SONIDO DE LA LUZ

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“La Casa del Sonido de la Luz” ARGI DOINU ETXEA se encuentra en la localidad de Ea, Vizcaya. Un espacio abierto para los alumnos de la Escuela Neijing, los cuales pueden realizar estancias de 1 a 5 días.
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