Y nos llaman a testimoniar. Y nos llaman a realizar aquellas motivaciones de ideales, de proyectos... en los que se nos demanda.

Y así nos llaman a servir... a cada cual en su posición.

Nada sobra ni nada falta.

Nos llaman a indagar sobre nuestra naturaleza, y recoger lo que en nuestras culturas se definen como “virtudes”, y que en cualquiera de los casos buscan la sintonía, el equilibrio, que a lo largo del tiempo puede ser muy variable de forma y manera.

Y en este transcurrir nos llaman a “participar”, con la actitud y la intención de sanar, entendiendo por ello todas las disposiciones: desde el mínimo pensamiento hasta la máxima pulcritud de intervención o de novedad o de ciencia extrema.

Y nos llaman a sanar, porque la especie se ha situado en un desarrollo en constante desequilibrio. Se ha situado en una actitud de dominio, de posesión, de poder.

Y eso se ha ido extendiendo en todas las capas y estratos sociales.

Y eso supone un estado adaptativo de salud, perturbador. No ya para la especie, sino para todas las demás especies con las que compartimos el fenómeno de la vida.

Y sanar implica pulcritud, limpieza, belleza, palabras, gestos, ‘dis-posiciones’, aprendizajes, entregas a las promesas, obediencias a los deberes, aplicaciones a las innovaciones... y una permanente sintonía en lo creado, en la Creación.

Una permanente sintonía en el Misterio Creador, a sabiendas de que somos enviados con recursos y con mensajes a cumplir.

Y ello no nos da ni autoridad, ni importancia, ni reclamo.

Ello nos proporciona responsabilidad, aplicación, ¡entusiasmo!, dedicación.

Al amparo de la Misericordia, de la Bondad, de la Providencia, nos disponemos a cumplir.

Y en ese cumplir, darnos cuenta de esas casualidades, de esos misterios, de esas coincidencias.

De todo lo que aparece.

Y, en consecuencia, nuestros sentidos deben estar “despiertos”. Muy despiertos. Para que así podamos percibir lo sutil, darnos cuenta de lo extraordinario, de lo excepcional, y abrigarse a ello.

El hacer en la pulcritud excepcional de lo extraordinario... es una motivación. Y la Llamada Orante nos implica que sea una motivación exigente.

No es... no es, ahora, tiempo para salir del paso.

Este transcurso que nos implica supone excepcionalidad, extraordinaria actitud, impecable actuación.

La vulgaridad del poder atrae. Sin duda. Pero destroza.

Y en ello vemos el desengaño, la contradicción, la disputa...

Cualquier tipo de guerra.

Y es así que la violencia de cualquier naturaleza, se expresa con “naturalidad”, como una necesidad para obtener obediencia; como una necesidad de implicarse en “importante”; como una necesidad de recalcar lo que se debe.

Es preciso depurar ese carácter, esa consciencia de dominio, de control, de poder, pensando que en ello está la virtud. Y cada cual tratando, en consecuencia, de proclamar su verdad, su única verdad.

Y es así que el conflicto se establece, con las garantías de que ¡continuará!

Y ello conlleva “enfermar”: ese estado adaptativo de salud que busca el equilibrio, que busca la armonía, que busca la serenidad.

Pero la vanidad que impera es la que produce ese estar sin sintonía... que conduce a dolores, sufrimientos, inadaptaciones y creaciones de dependencias.

Somos “interpendientes”, cierto. Y en ello tenemos que estar. No, “dependientes”. Porque en ello viene el abuso, en ello viene la exigencia, en ello trae la demanda...

En la medida en que nos hacemos interpendientes, nos ocupamos simultáneamente de nuestra posición y la de otros.

Y así todos quedan cumplidos.

Es una armonía de equilibrios, de frecuencias, de armonías.

“Sintonizarnos”. Sintonizarnos con el Misterio Creador, que ello sí está sintonizado con nosotros, por la evidencia de que estamos.

Esa intención de estar en sintonía, de buscar y hallar la referencia Creadora en todo lo que nos acontece, nos da la soltura de sentirnos bajo ese manto misericordioso, bondadoso, generoso... y de dádivas.

Y así, obedecer a las llamadas que aparecen, que nos reclaman.

Somos necesitados y necesitadores.

Y en la unicidad del acontecer, nuestras acciones se hacen simultáneas con las intenciones Creadoras.

Y de ahí saltan a la consciencia de servidor de lo Eterno.

Ya que estamos en la eternidad, en lo infinito y en lo inmortal, nos servimos de ello testimoniándolo en nuestras disposiciones, actitudes.

Y esa demanda que la llamada Orante nos hace, en el sentido de sanar, nos coloca en la simultaneidad de nuestra dinámica y de la dinámica que nos envuelve.

Y es así como se hace lo extraordinario.

En la medida en que cada uno se sintoniza y se dispone en ese equilibrio sanador, es capaz de proyectarse, y su ejemplo tiñe lo que toca.

La filiación de nuestra presencia en forma de vida, se realiza en base a la sinfonía Amorosa del Misterio Creador.

Sí: “sinfonía”. Ese sonido inaudible para nosotros, pero audible cuando se está en oración.

Esa sintonía, esa sinfonía que sintoniza con la vida para promoverla, lo hace a través de lo que sentimos. Y el sentir del ser es unitario. Es un sentir de “amar”; que se puede diversificar de mil maneras: en odio, en rencor, en venganza...

Pero es sinfonía amorosa.

Y en esa sintonía debemos buscar lo que realmente es virtuoso, y así desechar el rencor, la rencilla, la rabia, la manía, los prejuicios, y convertirlos en esa experiencia de sintonía de sentires, de afectos... afectivos y efectivos.

Es una necesidad el confiar en nuestros sentires, en la emoción de nuestros afectos.

Hacerlos universales. No sectarios ni partidistas, sino comunicadores, sintonizadores de esa sinfonía.

Confiar”... es otro instante que debe prevalecer en la esperanza cotidiana, como ese condimento que nunca falta; como el agua.

Hacernos manantial en donde se pueda beber; en donde calmemos nuestra sed... y la de sedientos.

Sí. Nos llaman a sanar. A esa vocación inevitable de entronizarse en la belleza; de agraciarse... en ¡lo transparente!, en disolver las apariencias; del aclararse en sinceridades.

Y acudir a la llamada, con nuestras mejores ofrendas... a sabiendas del cortejo que nos orienta...; la oración que nos sustenta...; la Providencia que nos alimenta.

***

BØNN

Bønnen som vi praktiserer er ikke forbundet til noen bestemt religion. Vi tror at bønnen kan være et frigjørende og helbredende instrument som har Skapelsen, de forskjellige kreftene som besjeler oss, uten at vi setter et eller annet navn på dette. Troen på at bønnen er et uunnværlig element for oss, har fått oss til å danne et sted som utelukkende brukes til bønn; ”Casa del Sonido de la Luz”,( huset for lysets lyd.) Det ligger i Baskerland, Vizcaya. Der holdes det samlinger med bønn, og man kan også tilbringe dager med tilbaketrekning der.

LA CASA DEL SONIDO DE LA LUZ

LA CASA DEL SONIDO DE LA LUZ
“La Casa del Sonido de la Luz” ARGI DOINU ETXEA se encuentra en la localidad de Ea, Vizcaya. Un espacio abierto para los alumnos de la Escuela Neijing, los cuales pueden realizar estancias de 1 a 5 días.
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